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jueves, 22 de abril de 2010

112. BERNARDINO LOPEZ DE CARVAJAL

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Me quedan ya pocos articulillos de los publicados por el sabio de Narbarte en la fenecida Factual. Este que traigo hoy aquí tiene unas costuras algo apresuradas sobre los tres discursos y un final un poco raro y cortante, pero eso es lo de menos. Digo yo que es mil veces mejor perderse entre cualquiera de las líneas de un texto de Gil Bera que leer miles de artículos canónicos con planteamiento, nudo y desenlace.

Don Bernardino fue personaje importante en TORRALBA (ver pag 125), su gran novela mosaico de la Roma de los Borgia y los Reyes Católicos, y tiene página (flojucha) en la wiki, pero no he encontrado retrato suyo por lo que ilustro este cuento con la foto de la Catedral de Plasencia donde debió de perorar mucho. Qué Vds lo disfruten:

TRES SERMONES DE LO MISMO

por Eduardo Gil Bera

Se cumple este mes el 520 aniversario del estreno del Sermón de Baza, interpretado por su autor, Bernardino López de Carvajal, en Roma, ante el papa, el colegio cardenalicio, el cuerpo diplomático, y un mar de curiosos y aficionados. Con el título Sermo in Commemoratione Victoriae Bacensis, la pieza fue best seller en 1490 y los años anteriores al descubrimiento de América.
El público no sólo estaba formado por degustadores del arte sermoneador, sino también por ciudadanos de la capital del mundo que se iban a enterar de las últimas noticias y de qué iba a pasar, porque vista la milagrosa facilidad con que se ganó Baza, se vaticinaba un nuevo orden mundial, ahora que se disponía del arma invencible de las bulas y las indulgencias, y era preciso decidir qué hacer con el mundo entero, porque la pregunta gorda era si entre los infieles había verdaderos derechos de propiedad, jurisdicción y gobierno.
Carvajal era entonces obispo de Badajoz, asesor del papa, embajador de los Reyes Católicos y muy papable según todos los sondeos. Empezó el sermón recordando a quienes decían que, dado el caso de que los territorios de los infieles no fueran quitados a los cristianos, como hicieron en España, los infieles podrían tener derechos de propiedad, jurisdicción y gobierno. Y si dichos infieles hiciesen la guerra o quisiesen arrastrar a su secta a los cristianos, el papa los corregiría, porque todas las criaturas racionales le están sometidas. Y, pese a todo, dichos infieles seguirían teniendo derechos. Eso decían algunos sabios benevolentes. Pero Carvajal los citó sólo para tirar adelante y emprender el crescendo fervoroso que tanto apreciaban los aficionados. Y sostuvo grandemente que no, que los infieles no tenían derechos legítimos, porque desde que llegó Cristo, todo dominio y gobierno les había sido quitado, y desde entonces no son dueños, sino tiranos; los cristianos les pueden quitar sus reinos con las armas, como a intrusos e injustos poseedores, en cuanto lo mande el vicario de Dios, soberano de la tierra y de sus contenidos. Sólo los cristianos han heredado el dominio y gobierno de la tierra, y los turcos ni siquiera son justos dueños de la última aldea de Turquía. Las bulas e indulgencias son las licencias para quitar legítimamente a los infieles los dominios que ocupan injustamente.
Aunque los argumentos de Carvajal sonaban un tanto sesgados y problemáticos, ya en 1490, nada les ha impedido seguir vigentes hasta hoy, sólo con retoques de digodiego. Porque todas las guerras razonadas redundan en la convicción de poder quitar derechos y dominios a quien no los posee legítimamente (y puede ser vencido con el armamento disponible). Para animar a los dubitativos, Carvajal citaba un pasaje de Salustio (Cat. II, 4): imperium facile iis artibus retinetur, quibus initio partum est (es fácil retener el imperio con las mismas artes que se inició). Es notable que si, en vez de imperio, se pone una biensonancia como democracia, la frase se deja esgrimir casi como Yes we can. Salustio predicaba contra la degeneración, ese tópico senil tan apreciado por Stuart Mill, cuyo sermón de la libertad (On liberty, IV) termina así de belicoso:
Si la civilización derrotó a la barbarie cuando ésta poseía el mundo, no es de temer que la barbarie, tras haber sido derrotada en buena lid, reviva y conquiste la civilización. Una civilización que pueda sucumbir así ante su enemigo batido, tiene que haberse vuelto tan degenerada que ya ninguno de sus predicadores y maestros designados, ni ningún otro, tenga la capacidad, o quiera tomarse el trabajo, de defenderla. Si es así, cuanto antes reciba semejante civilización su notificación de desahucio, mejor. Sólo puede ir de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el Imperio de Occidente) por bárbaros enérgicos.
Aquí abajo cumple decir, contra Salustio, Carvajal, y Mill, que ningún imperio, régimen ni civilización se mantiene mediante las artes que lo inician. Pero siempre gustará creer que el hombre es bobo para el hombre.

lunes, 15 de marzo de 2010

DE MOJONES

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Empezaremos la semana con un Gil Bera. Ya me quedan pocos, ay ay. Habrá que ir a Narbarte a por provisiones... Ojo con el título de éste, no equivocarse. Y como siempre, leer despacio y releer varias veces para sacarle el jugo, mmmmm


¿QUEDAMOS?

La ilusión literaria de “quedar” mediante la edificación de poemas y columnas, ese delirio encarnizado de apilar palabras para que sostengan más rato un nombre, ¿de dónde habrá salido? El dios patrono de la manía es Hermes, que también inspira a ladrones, mentirosos, comerciantes, periodistas, literatos y agrimensores. Su nombre viene de herma, que es pilar de piedra en griego.
Que un pedrusco más o menos aparente pudiera ser promocionado a dios olímpico ha sido considerado estupefaciente por helenistas de talla. Pero se entiende más, si la piedra se pone en su contexto. El siglo pasado asistí a un deslinde de fincas que culminó con el levantamiento ceremonial de un mojón. Los propietarios llegaron cada uno desde su terreno, campo a través, como si no hubiera camino. Después de calcular la intersección de la línea de la peña de poniente con la del castaño de levante, señalaron el sitio, cavaron, y depositaron en lo más hondo unos trozos de teja —la teja es símbolo de propiedad desde los romanos— que llamaron “testigos”, cada colindante trajo los suyos. Por fin, plantaron el mojón. Una vez erigido el monumento, surgió el relajo, y los miembros de los dos bandos dejaron de cuidar qué terreno pisaban. Emprendieron todos juntos el regreso monte abajo. Entonces J., propietario rústico e inocente de letras desde su tierna infancia, declamó, en honor del artefacto que se quedaba solo, el verso mas antiguo de la humanidad, la madre de todas las metáforas y comparanzas: “¡Ahí está, que parece un hombre!”
Si el principio amojonante ya parece un hombre, como dijo el poeta, además uno fidedigno y constante, ya tiene el perfil requerido para ser un dios. Y no es raro que los textos más antiguos se confiaran a hombres de ese estilo, si acaso un poco más acicalados. En la civilizacion mesopotámica, donde primero se empleó la escritura, el soporte original eran hitos y estelas, que pasaron de señalar linderos, a describirlos; y de amenazar con maldiciones divinas a quienes los alterasen, a contener códigos hamurábicos. Los pilares de piedra se estilizaron, adquirieron todavía más traza humana, y enseguida acogieron las crónicas y anales inscritos que debían informar a la posteridad o a los dioses. La fórmula introductoria solía ser:
“Oh, estatua, a N. (tal dios, los tiempos venideros…) di cómo conquisté, puse en cultivo o edifiqué tal cosa.”
Se percibe el nacimiento en la misma pedrada de la prosa gubernamental y de los dietarios, progenitores de nuestro “Querido blog, dile al mundo que hoy la he visto y me ha mirado”.
La forma mojonera se ha mantenido a lo largo de los siglos. Entre la columna de Trajano y la de la Virgen del Pilar, entre un haiku y una entradilla, no hay diferencia esencial de formato. El género también dispone de mártires propios, los estilitas, aquellos columnistas que se subían a grandes pilares solitarios y permanecían en lo alto de su opinión como letras indecisas durante años.
Otros, más temerosos de la intemperie, pegaban sus papiros en los fustes de la columnata del foro, donde publicaban los versificadores del tiempo de Horacio:
“A los poetas no les permiten la mediocridad los dioses, ni los hombres, ni las columnas.” (Ars poetica, 372-3)

lunes, 8 de marzo de 2010

DE LIMERICK A BARBASTRO PARA MORIR EN ESTADILLA

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Con lo liados que estamos los lunes, nada podría ser más prescindible que esta rocambolesca historia contada por el gran Eduardo. Pero cuán equivocados estaríamos si prescindiéramos de su lectura. Cualesquiera que fueran nuestras preocupaciones, seguro que pueden esperar un rato. Unir en folio y medio historias individuales y colectivas de gentes y lugares tan dispares de épocas tan olvidadas es, de seguro, la mejor forma de empezar la semana y aplazar un rato nuestros quehaceres.
La foto de arriba es de Limerick. Esta de aquí abajo, de Barbastro. Estadilla está a un paso de Barbastro, junto al Cinca, claro -el río que baja del Monte Perdido por Escalona y Ainsa. No he conseguido foto de embarcadero alguno ni del Cinca por Estadilla, así que en la imaginación se queda el trágico paso donde acaba esta intensa y comprimida historia.




PUNCH LINE

La hazaña más recordada de Charles Oliver, cacique de Kilmallock, Kilfinane, y todo el suroeste del condado de Limerick, de la raza de los Oliver, poseedores de todos los cargos oficiales en aquella región y partidarios profesionales del gobierno inglés, la hazaña, decíamos, tuvo lugar en marzo de 1798, y consistió en hacer atar a un carro y arrastrar por las calles al granjero Patrick Wallis, miembro de los United Irishmen. Días después, lo hizo ahorcar y, por fin, decapitar. La cabeza colgada de una escarpia estuvo largo tiempo expuesta en el mercado de Kilfinane. Es fama que casi treinta años después, el nieto de la cabeza, también llamado Patrick Wallis, y de oficio poeta, mató en Barbastro al nieto de Charles Oliver, también así llamado, y de oficio subteniente. Los dos nietos se habían enrolado en el ejército español, pero en bandos diferentes.

Wallis había ganado todos los campeonatos de limericks y tenía previsto pasar a la lírica mayor. El limerick es una quintilla popular irlandesa —un poema de cinco versos— con exageraciones, absurdos, obscenidades o agudezas en general, que tiene un verso final, llamado punch line, donde se entra a matar. El nombre se debe a su país natal, Limerick, reputado por la concisión, doblez, y prontitud habladora de sus moradores.

Destacados miembros de los Irish Limericksmen, club poético irlandés con boletín propio, hicieron una excursión a Barbastro en 1922 y dejaron como recordatorio una cruz, con placa y poema.
Poco antes, en mayo de 1837, una expedición de miles de hombres y cuadrúpedos, con cañones, sables, fusiles, boinas y penachos, se puso en marcha y salió de Estella. Era una expedición pretendiente, unos pretendían gloria, y otros, milagros. Era sabido que si ganaban la guerra, todos ascenderían. Don Carlos, a rey; y los demás, a conde, a general, o al cielo. En cuanto llegasen a Madrid.

Mientras tanto, llegaron a Barbastro. Allá se demoraron durante cinco días en funciones religiosas y deliberaciones sobre el lugar por dónde cruzarían el Ebro, punto transcendental del recorrido. Los cortesanos preparaban la noticia de que la expedición carlista estaba al otro lado del Ebro, para hacerla saber a las cortes de Austria, Prusia, Holanda, Nápoles, Cerdeña y Rusia, que estaban a favor del pretendiente don Carlos.

El comité ocupado en fabricar el comunicado del paso del Ebro estaba formado por el infante don Sebastián, el marqués de Monasterio, el de Villafranca, el conde de Orgaz, y una veintena de ingenieros, topógrafos, y escribientes. Entre quienes debían redactar la noticia en inglés estaba Wallis.

El día 2 de junio de 1837, atacó Barbastro el ejército gubernamental al mando del general Oraá. Eran 18.000 hombres y 2.000 caballos, mientras en la ciudad había unos 10.000 carlistas, con 1.600 caballos. No era fácil organizar a tanto figurante, y sólo las Legiones extranjeras supieron encontrarse en el caracierzo de un cabezo aguas arriba del río Vero. Allá se entabló lucha encarnizada entre la Legión extranjera del ejército carlista, que tenía unos novecientos hombres, y la Legión extranjera de los cristinos, algo menos numerosa. Los dos cuadros se masacraron en los olivares sin perder la formación, después de que sus miembros intercambiaran saludos en francés, inglés y alemán, y se llamaran por sus nombres de cofrades. Todos ellos se conocían de otras batallas, y habían sido compañeros. No consta si Wallis el poeta le metió al subteniente Oliver la bayoneta por la nuez y le pegó un tiro que entró por la aleta derecha de la nariz, rompió los dientes, y salió con la oreja por delante. Eso es materia de limericks amantes de la simetría. En todo caso, el subteniente Oliver está censado entre los muertos de ese día, y el poeta Wallis, no. El ataque de Oraá fracasó, y los carlistas cargaron al arma blanca a lo largo de la carretera de Monzón. En total, el ejército cristino tuvo dos mil bajas, y el carlista, unas mil.

Como consecuencia de la batalla, hubo que reiniciar la redacción de la noticia del paso del Ebro, porque ahora vendría después de la gran victoria de Barbastro, que también era preciso hacer saber a las potencias europeas. El equipo redactor se enriqueció con la incorporación del hijo único del marqués de Artasona, ofrecido por sus padres a don Carlos, a quien tenían el honor de alojar en su palacio de Barbastro. El joven Artasona tenía dieciséis años, sabía idiomas y era un portento en matemáticas, pero lo mejor era su habilidad como sonetista. Todo el equipo redactor del paso del Ebro, y Wallis en especial, estaba entusiasmado con el joven Artasona.

El día 4 de junio, después del Te Deum y los festejos, sonó el toque de generala en plena siesta, y corrió la voz de que había que dirigirse al Cinca. En la expedición de diez mil soldados, con sus oficiales, topógrafos e ingenieros, más otro millar largo de clérigos, cortesanos y funcionarios, después de una semana para decidir por dónde pasarían el Ebro y cómo lo harían saber a la humanidad, nadie había previsto cruzar el Cinca.

Había dos barcas de sirga, que empezaron a transportar tropas y bagajes a media tarde. Muchos quisieron vadear la corriente o pasarla a nado, y a todos se los llevó el Cinca.

A la mañana siguiente, los ahogados ya eran multitud, y las barcas no daban abasto pasando tropa. Cuando el ejército gubernamental llegó a Barbastro y atacó a la retaguardia carlista, faltaba por cruzar el río el cuarto batallón de Castilla. Las dos barcas se hundieron por el sobrepeso. Wallis y el joven Artasona figuran entre los ahogados que se identificaron. De las pertenencias del primero, destacan una antología de Pope, una gramática francesa, el manual de instrucciones Rhyme and Reason, lápices de dibujo y una flauta con llaves plateadas.

El recordatorio que se puso en el embarcadero de Estadilla se lo llevó el Cinca, verde punch line.

lunes, 22 de febrero de 2010

JOHANN CONRAD FRIEDERICH

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He aquí un sistema infalible para no olvidar nunca la palabra Fröhlich. El personaje que pinta Eduardo en la que fue su primera entrega en Factual es sencillamente memorable. Hay que leerle muy despacito, como siempre, y disfrutar de cada frase. Un placer empezar la semana así.

(Google imágenes no da ningún retrato de tan divertido personaje, así que nos conformaremos con una foto de Leipzig, "la esforzada ciudad").


CUARENTA NOMBRES DE UNA VIDA

Hay una semejanza notable entre escritores y actores. Algunos observadores caritativos han sugerido que el escritor es alguien que se vacía. Y eso, al cabo de un tiempo, es la aniquilación: se han vaciado a sí mismos y convertido en fantoches. Es una apreciación bastante optimista; sobre todo, si cree que podían estar llenos de algo y lo han sacado de sí.

El escritor suele ser un actor encasillado. Desde que aparece el autor famoso en la escena social, allá por la época de Dickens, el pobre comparsa, que disfruta de los mismos ajetreos que una cupletista, se siente impostor: actor que hace bien de escritor pero que, secretamente, desearía descansar haciendo una gira en un papel distinto.

De joven, leí en Jünger que la autobiografía Cuarenta años de la vida de un muerto, de Fröhlich, es de lo más entretenido de las letras alemanas. Durante años indagué a diestro y siniestro buscando al dichoso Fröhlich, y no hubo manera. El nombre, que significa “alegre”, y es un apellido muy común, parecía broma.

El año pasado me vi en Leipzig, la esforzada ciudad. Paseaba por una calle ancha y despoblada, y me metí en un bar. El local me pareció muy camuflado, casi invisible desde fuera, y la decoración muy espesa. Me senté, no había nadie. Al rato, oí voces y ruidos de cena familiar que venían del fondo, y me fijé que todas las cosas tenían puesto un precio.

Entonces vi en un revistero, justo a mis pies, los tres tomos de Cuarenta años de la vida de un muerto, a la venta por 10 euros, incluyendo el propio revistero y una lujuriosa revista de corte y confección. Dejé el dinero junto a un reloj de cuco, todo parecía un cuento de Hoffmann.

Edición berlinesa de 1915, en fatigosa letra gótica, y de autor anónimo. Ningún Fröhlich a la vista, pero alguien escribió a lápiz “Friederich” en la página de respeto. Johann Conrad Friederich nació en Frankfurt en 1789, recién tomada la Bastilla. A la edad en que los demás críos encorrían a los gatos, él hacía los visajes y aspavientos de los personajes de la revolución francesa, declamaba tiradas formidables de Danton y Robespierre, y quería ser actor de teatro inmediatamente.

Una carta de la madre de Goethe a su sobrino August menciona a un joven frankfurtiano de 16 años llamado Conrad Wenner, que estaba poseído por una insuperable atracción por las tablas, y le daba la lata con ir a Weimar, ponerse a declamar papelones y no parar nunca: “Me va a volver loca, se apellida Friedrich, su madre era de soltera Wennern”. Hasta la pobre señora escribía versiones distintas del apellido. Se ve que el furor histriónico de Friederich desbordaba el comedor de casa, se expandía por el vecindario, trastornaba nombres y renombres, y desesperaba a sus mayores.
Recomendado por la señora Goethe, lo metieron en un internado de Homburg, pero la cosa empeoró, el joven sólo se ocupaba del teatro y la música, recitaba con gran sentimiento a Schiller y Goethe, componía marchas y cuplés de todo pelaje, cantaba arias de Mozart, y sólo quería ser actor de teatro.
Por fin, consiguió un papel en el tiroteo napoleónico, la mayor obra de teatro que entonces se representaba, e ingresó en el regimiento de Inseburg, que era un aglomerado de austriacos, húngaros, checos, polacos y rusos que preferían servir en el ejército ganador. Friederich se sintió de primera en aquella legión de presos y desertores de toda Europa.

Antes de que pasara un año de su ingreso, a los 17 de edad, ya hacía el papel de teniente, lo cual le dio tablas para desempeñar el de capitán la temporada siguiente. En 1808, se apuntó en un regimiento francés de infantería, llegó a España, la cruzó desde Irún a Toledo, pasando por mitad de los cuadros de Goya y el sitio de Zaragoza; y ya lo iban a matar, cuando lo destinaron a Nápoles. Participó en la toma de Capri y la detención del papa Pío VII. Sedujo a Pauline, la hermana de Napoleón, y organizó el estreno de Fígaro en Nápoles, y el de Don Juan en Génova. ¡Los italianos no conocían a Mozart! Él mismo les cantó y puso por escrito los papeles principales y varios secundarios.

Cuando Napoleón empezó a perder, Friederich ingresó en el ejército prusiano rebajado a teniente. En Magedburgo conoció a Carnot el infinitesimal, que le sugirió dejar el ejército, y producir el papel de escritor. Friederich empezó con mesura, en 1821 fundó tres periódicos y redactó una biografía de Napoleón que incluía los planos de un submarino con el que pensaba sacar al emperador de Santa Helena. Luego se lanzó a la composición de su primer gran poema, La historia de nuestro tiempo, redactada por Carl Strahlheim, antiguo oficial del ejército imperial francés, en 30 tomos. Para distraerse de esas cuestiones pesadas, compuso La historia sagrada desde la creación del mundo hasta la destrucción de Jerusalén por Tito, en cinco entregas, y la Historia de la revolución inglesa, en tres, y la Segunda revolución francesa, en cinco. Tocó también el género ligero, y alumbró el Mapa de las maravillas universales o compendio de todos los prodigios artísticos y naturales de la esfera terrestre, en 12 tomos, que aparecieron e insistieron con valor de 1834 a 1841.

Todas las obras iban profusamente firmadas por nombres inventados, salvo lo de la destrucción de Jerusalén, ahí se distrajo, y firmó Friederich. También organizó conciertos para Bettina Brentano y Angelica Catalani, y y cantó con ellas el papel de tenor; en esos eventos, se solía llamar Conradino Allegro. En 1848, rondando los 60 años, publicó en Tubinga sus memorias en 12 entregas, tituladas Cuarenta años de la vida de un muerto. Se nombraba a sí mismo “Ferdinand Fröhlich”, “don Federigo” y “Monsieur Frédéric”, según le iba dando la ventolera. Pero admitía llamarse Adolph von Dassel y ser sólo editor de aquella autobiografía, la más vivaracha que nunca se vio en las letras góticas. El título original era “Verdad y poesía”, no por fastidiar a Goethe, sino con miras a la necesaria confusión.

Hacía unos veinte años que habían aparecido las memorias de Casanova, y alguno menos del éxito de Cartas de un difunto de Pückler-Muskau y las Memorias del diablo de Soulié. Sin duda, Friederich pensó que Cuarenta años de la vida de un muerto también sería un éxito, pero el público se distrajo con la revolución de 1848. Atacó entonces con Viajes demoníacos a todas partes del mundo, y tampoco; insistió con Otros quince años más de la vida de un muerto, y sí, un tribunal de Frankfurt lo procesó por escarnecer la religión y calumniar a varias zonas gubernamentales, instituciones y personas privadas.

Friederich alegó desde lejos que él solo editaba esas cosas escritas por autores diversos que no eran él, y que un señor le dejó esos papeles. El tribunal ordenó la recogida de la edición y de Friederich, que se escapó a Francia. Desde Le Havre todavía inquietó las imprentas con una Historia universal para la juventud y el público iletrado desde la creación hasta 1840, en cinco tomos, y un folleto lírico contra Marx.

Friederich, el actor desmesurado, murió en 1858.

El primer censo científico de sus obras se completó en 1918. Por lo visto, Jünger no llegó a enterarse de la verdadera identidad de su memorialista favorito y siempre creyó en Fröhlich.

Y, con todo, entre la actuación del escritor celosísimo de su nombre, que hace de ciclista que se mira los pedales, y la de Friederich, que dio vida y nombre a un regimiento de autores, galanes, tenores, periodistas y capitanes de infantería, sólo hay una diferencia de papel.

miércoles, 3 de febrero de 2010

FIN DE ETAPA



Entreleo por varios lugares de la red que Factual se acabó y con ello, ay, los increíbles articulillos de Eduardo. Ayer le escribí un pequeño mail por ver si me decía algo pero tan sólo me contó que ante tan rápido final todos se habían quedado marmóreos (y que muchos besos para mis chicas). Ya que esta semana no hay nada de Eduardo, os pongo sus respuestas al famoso cuestionario Proust (encontradas por ahí en la red). Lo mejor sin duda es su LEMA.

- ¿Cuál es para ti la mayor desgracia?
- El insomnio.
- ¿Dónde te gustaría vivir?
- Aquí donde vivo.
- ¿Cuál es para ti la alegría terrenal más perfecta?
- Reir siempre, comer chocolate, viajar y pasear.
- ¿Qué fallo perdonas más fácilmente?
- La ingenuidad.
- Tu héroe de ficción preferido.
- Achille Talon, el héroe de cómic de Michel Greg.
- Tu personaje histórico preferido.
- Il condottiero Pedro Navarro.
- Tu heroína real preferida.
- Caterina Sforza.
- Tu heroína preferida de la literatura.
- Helena.
- Tu pintor favorito.
- Goya.
- Tu compositor preferido.
- Bach.
- ¿Qué cualidad aprecias más en un hombre?
- La simpatía.
- ¿Qué cualidad aprecias más en una mujer?
- La gentileza.
- Tu virtud preferida.
- La lealtad.
- Tu actividad preferida.
- Pasear.
- ¿Quién o qué te hubiera gustado ser?
- Golondrina, río.
- La característica principal de tu carácter.
- Ni idea; quizás la tendencia al misterio.
- ¿Qué aprecias más de los amigos?
- La lealtad.
- Tu mayor fallo.
- La impaciencia.
- Tu sueño de felicidad.
- Pasear, charlas y sobre todo reírme.
- ¿Qué te gustaría ser?
- Río.
- Tu color favorito.
- Verde.
- Tu flor favorita.
- La orquídea.
- Tu pájaro favorito.
- El búho.
- Tu escritor favorito.
- Homero.
- Tu poeta favorito.
- J. von Eichendorff.
- Tus héroes en la actualidad.
- …
- Tus heroínas en la historia.
- Caterina Sforza.
- Tu nombre favorito.
- …
- ¿Qué aborreces por encima de todo?
- La tontería colectiva.
- ¿Qué figuras históricas aborreces más?
- Los líderes religiosos y los mártires.
- ¿Qué méritos militares aprecias más?
- Las expediciones de los mongoles.
- ¿Qué reformas admiras más?
- Ninguna.
- ¿Qué don natural te gustaría poseer?
- El buen humor.
- ¿Cómo te gustaría morir?
- Sobre todas las montañas.
- Tu actual estado de ánimo.
- Esperanza.
- Tu lema.
- No te preocupes por nada.

jueves, 28 de enero de 2010

FARCADA

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Lo de FACTUAL no podía durar mucho. Eso de cobrar por leer en internet..., ja ja y ja. Yo había puesto el límite en los 5 euros que regalan, de los que ya sólo me quedan unos tres. A diez céntimos por artículo no hubiera llegado ni hasta el verano.

Pero las noticias de hoy se anticipan a mis plazos previstos: El fundador del invento, Arcadi Espada, ya se va. Como es habitual en el secretismo de la prensa no se cuenta porqué. En eso Factual es como los demás medios de incomunicación.

http://www.libertaddigital.com/sociedad/arcadi-espada-deja-factual-dos-meses-despues-de-fundarlo-1276382811/

Crucemos los dedos y esperemos poder mantener la conexión con el sabio navarro.

lunes, 25 de enero de 2010

CONQUISTA, IMPERIO Y DECADENCIA

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La parte documental de la nueva entrega de Eduardo es excelente. El final, sin embargo, creo es algo apresurado. O es que algo se me escapa a mí, por tonto.
En todo caso lo de "una biensonancia" es impagable. A disfrutar leyendo:


TRES SERMONES DE LO MISMO

Se cumple este mes el 520 aniversario del estreno del Sermón de Baza, interpretado por su autor, Bernardino López de Carvajal, en Roma, ante el papa, el colegio cardenalicio, el cuerpo diplomático, y un mar de curiosos y aficionados. Con el título Sermo in Commemoratione Victoriae Bacensis, la pieza fue best seller en 1490 y los años anteriores al descubrimiento de América.
El público no sólo estaba formado por degustadores del arte sermoneador, sino también por ciudadanos de la capital del mundo que se iban a enterar de las últimas noticias y de qué iba a pasar, porque vista la milagrosa facilidad con que se ganó Baza, se vaticinaba un nuevo orden mundial, ahora que se disponía del arma invencible de las bulas y las indulgencias, y era preciso decidir qué hacer con el mundo entero, porque la pregunta gorda era si entre los infieles había verdaderos derechos de propiedad, jurisdicción y gobierno.
Carvajal era entonces obispo de Badajoz, asesor del papa, embajador de los Reyes Católicos y muy papable según todos los sondeos. Empezó el sermón recordando a quienes decían que, dado el caso de que los territorios de los infieles no fueran quitados a los cristianos, como hicieron en España, los infieles podrían tener derechos de propiedad, jurisdicción y gobierno. Y si dichos infieles hiciesen la guerra o quisiesen arrastrar a su secta a los cristianos, el papa los corregiría, porque todas las criaturas racionales le están sometidas. Y, pese a todo, dichos infieles seguirían teniendo derechos. Eso decían algunos sabios benevolentes. Pero Carvajal los citó sólo para tirar adelante y emprender el crescendo fervoroso que tanto apreciaban los aficionados. Y sostuvo grandemente que no, que los infieles no tenían derechos legítimos, porque desde que llegó Cristo, todo dominio y gobierno les había sido quitado, y desde entonces no son dueños, sino tiranos; los cristianos les pueden quitar sus reinos con las armas, como a intrusos e injustos poseedores, en cuanto lo mande el vicario de Dios, soberano de la tierra y de sus contenidos. Sólo los cristianos han heredado el dominio y gobierno de la tierra, y los turcos ni siquiera son justos dueños de la última aldea de Turquía. Las bulas e indulgencias son las licencias para quitar legítimamente a los infieles los dominios que ocupan injustamente.
Aunque los argumentos de Carvajal sonaban un tanto sesgados y problemáticos, ya en 1490, nada les ha impedido seguir vigentes hasta hoy, sólo con retoques de digodiego. Porque todas las guerras razonadas redundan en la convicción de poder quitar derechos y dominios a quien no los posee legítimamente (y puede ser vencido con el armamento disponible). Para animar a los dubitativos, Carvajal citaba un pasaje de Salustio (Cat. II, 4): imperium facile iis artibus retinetur, quibus initio partum est (es fácil retener el imperio con las mismas artes que se inició). Es notable que si, en vez de imperio, se pone una biensonancia como democracia, la frase se deja esgrimir casi como Yes we can. Salustio predicaba contra la degeneración, ese tópico senil tan apreciado por Stuart Mill, cuyo sermón de la libertad (On liberty, IV) termina así de belicoso:
Si la civilización derrotó a la barbarie cuando ésta poseía el mundo, no es de temer que la barbarie, tras haber sido derrotada en buena lid, reviva y conquiste la civilización. Una civilización que pueda sucumbir así ante su enemigo batido, tiene que haberse vuelto tan degenerada que ya ninguno de sus predicadores y maestros designados, ni ningún otro, tenga la capacidad, o quiera tomarse el trabajo, de defenderla. Si es así, cuanto antes reciba semejante civilización su notificación de desahucio, mejor. Sólo puede ir de mal en peor, hasta ser destruida y regenerada (como el Imperio de Occidente) por bárbaros enérgicos.
Aquí abajo cumple decir, contra Salustio, Carvajal, y Mill, que ningún imperio, régimen ni civilización se mantiene mediante las artes que lo inician. Pero siempre gustará creer que el hombre es bobo para el hombre.

martes, 19 de enero de 2010

EL PURGATORIO y DON PEDRO MARTINEZ DE OSMA

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Como Factual es de pago, los textos de Gil Bera hay que ir sacándolos de ese purgatorio con blogs de indulgencias, como éste. He aquí otra entrega del gran sabio navarro:


DISPLICENCIA

Aunque el purgatorio lo inventó Sinibaldo Fieschi en 1245 —con la excusa de que era el papa—, durante los dos primeros siglos se ignoró su potencial económico y social. Sólo funcionó a fuego lento, quemando muy poco a las ánimas, que se aburrían mortalmente por falta de noticias del exterior. Según Dante, que fue el primero en usarlo como escenario, era como el graderío de un estadio, sin partido, ni merienda. El purgatorio no interesaba a nadie, quitando a cuatro pesados que exigían que la iglesia definiera el lugar de residencia de las almas de los mártires, en el más allá, mientras aguardaban a que les devolvieran los cuerpos.

Entonces surgió la idea de Alfonso Borja, el hábil financiero valenciano que convirtió al purgatorio en el artefacto que remodeló Europa. Aprovechando que también era el papa Calixto III, escribió en abril de 1456 una bula donde legisló sobre el conducto y forma de pago de las relaciones entre los fieles vivos y las almas del purgatorio. Por 200 maravedíes se podía sacar a un alma del purgatorio y mandarla al cielo. La tarifa se acomodaba a las posiblidades de los pobres de solemnidad, y también se admitían prestaciones artísticas, como edificar, pintar, esculpir, o ir a la guerra contra la secta mahometana que oprimía Belgrado, Granada, Jerusalén o Constantinopla. A cambio de esas acciones piadosas, el fiel podía redimir sus propios días de purgatorio, o los de algún pariente que tuviera allá metido. Los predicadores de las indulgencias también cobraban su comisión, igual que los agentes de seguros y bolsa.

El primer éxito de la nueva legislación sobre el más allá se verificó apenas tres meses después de su entrada en vigor: el 14 de julio de 1456, una turbamulta cristiana de campesinos, estudiantes y ermitaños se lanzó temerariamente contra el ejército turco que sitiaba Belgrado, con tal furia que rompieron el cerco y arrasaron el campamento invasor.

El éxito se campaneó por toda la cristiandad. Europa pasó a ser una gran penitenciaría donde los convictos ganaban su reinserción celestial y redimían millones de días de purgatorio, acometiendo toda suerte de empresas artísticas, civilizadoras, militares y financieras, justamente ésas que definen “lo europeo”. Con aquella gigantesca terapia colectiva puesta en marcha por el papa valenciano, el cristianismo encontró el modo de superar al enemigo mahometano, que motivaba a sus muchachos con un sistema de allendismo binario, mucho más tosco: infierno o paraíso.

Pero no todo el mundo estaba contento con la burbuja indulgente. Hubo expertos financieros que la despreciaron desde sus cátedras. El más señalado fue Pedro Martínez de Osma. Era este señor soriano muy sabio en materias aristotélicas y teológicas, e hizo carrera en Salamanca. Estaba enchufado por Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, cobraba por racionero y maestro en Salamanca, por canónigo en Córdoba, y por varios cargos sapienciales, y suyo fue el primer libro teológico impreso en España, un comentario sobre el “Quicumque” —un Credo espeso— editado en Segovia en 1472. Como ya era el más sabio de Salamanca, pensó que era hora de ingresar en el cuadro de mando que administraba el gran poder generado por la compraventa de días purgatoriales, y echó los papeles para ser canónigo de Toledo.

La imponente catedral estaba entonces recién terminada y cobijaba a un cabildo muy poderoso, conectado con las principales familias aristocráticas, poseedor de grandes propiedades con exención tributaria, y opulento a más no poder. La renta de un canónigo toledano no bajaba de 400.000 maravedíes al año, el triple que un canónigo sevillano, que le seguía en la clasificación cobradora. Además, la canonjía de Toledo estaba en el camino a la púrpura cardenalicia y a Roma.

Pero el sabio Osma no contaba con sus enemigos salmantinos y con que su protector don Fadrique se fuera a morir cuando más falta le hacía. Sus despreciados colegas de la universidad no informaron a su favor, y hasta intrigaron en su contra, y se vio sin canonjía toledana, ni posibilidad de mandato sobre la cristiandad ignorante y desagradecida.

Cuando aún no tenía cincuenta años, Osma comprendió que no saldría de Salamanca, y que aquello había sido todo. Entonces escribió un tratado e impartió unas lecciones magistrales sobre los días del más allá y el fraude financiero que suponía su compraventa por el papa de Roma. Cierto es, decía, que hay un purgatorio, pero el papa no manda en él. Por lo tanto, desaconsejaba la inversión, y recomendaba no preocuparse por los pecados, porque se borraban con la “sola displicentia”.

Para que no lo destituyeran, se jubiló de la cátedra, pero ese inicio de huida no hizo más que animar a sus adversarios. La denuncia partió del claustro de la universidad de Salamanca, y el arzobispo de Toledo, que antes no le había hecho caso en su petición de canonjía, solicitó y obtuvo facultades del papa para procesarlo como “hijo de iniquidad” en Alcalá de Henares. Osma se puso muy malico, y alegó una grave dolencia para no asistir. Su tratado se declaró herético. Hubo un auto de fe donde se quemó, y se concedieron treinta días al acusado para comparecer en Alcalá y abjurar de su maldad. Osma acudió muerto de miedo y sufrió el desprecio de sus colegas, tuvo que marchar en mitad de una procesión vejatoria con una vela en la mano, subirse al púlpito y abjurar de sus errores. Hay informaciones contradictorias sobre si se quemó o no su cátedra, como pedían algunos. Se le impuso la penitencia de no pisar Salamanca, ni arrimarse a menos de media legua de la ciudad, durante un año. Osma sufrió en efecto el gran poder de la displicencia y, en 1480, antes de cumplir el año de alejamiento, murió de melancolía en el hospicio de Alba de Tormes.